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Esta publicación fue parte de la fiambrerita del 23 de marzo de 2025.
Esta la tercera de cuatro historias desde un supermercado cualquiera.

Fui un viernes por la mañana a comprar cafés del país para unas amistades que viven afuera. Es el regalo que más me gusta hacer. Si algo me hacía feliz en Vermont, era abrir una caja llena de cafés puertorriqueños y más si estos eran 100% de nuestras montañas.
El sector cafetalero va poco a poco llegando a niveles de producción similares a los de antes de María. “Aquí hay espacio para que caficultores tengan sus propias marcas y que más personas se integren a producir”, me decía una amiga caficultura. “Hay espacio pa’ to’ el mundo”. A través de ella y otras personas sé lo difícil que es tener una finca de café y de los retos para sostenerla. Por lo que, siempre que puedo, opto por comprar café que diga en su etiqueta que “está elaborado con café arábiga 100% de Puerto Rico”. Y si quiero hacer un regalo, ¿qué mejor que un buen café de aquí?
Siempre que tengo que viajar, me entra un optimismo extraño y una ansiedad también. Iba tarde para mi vuelo (como siempre). Fui apurado al supermercado que me quedaba de camino, saliendo de casa. Para mi sorpresa, había varias opciones de cafés de aquí. Claro, muchos eran de los que dicen nerviosamente “Hecho con café puro de Puerto Rico y café puro importado” en una esquinita del paquete, a veces en el doblez. Pero había como doce marcas de café 100% puertorriqueño. Opté por comprar uno de 16oz de Adjuntas con un nombre que me dio gracia. Al tomar la bolsa y darle un apretoncito, me abrazó el aroma. El nombre le pega muy bien. Ese era 100% café arábiga, cultivado bajo sombra—como debe ser—y uno que se cultiva, cosecha y procesa en un mismo lugar.
Seguía pegándome el paquete a la cara para disfrutarme el olor y entretenerme en la fila. Ese lugar, por lo menos, tiene personas trabajando y no me obligan a trabajarles, yo mismo cobrándome en una máquina vigilada. La cajera los escaneó. Luego de los bip, bip, salieron los $17 de cada uno y después el grito de ella. Tomó la bolsa, la alzó y mirando a quien presumo era la supervisora por el color de su camisa: “¡Loca, diecisiete pesos por un café, vete pal carajo!”. La mirada y el silencio de la supervisora, no evitaron que la cajera siguiera comentando su asombro.
Le quise decir que aquí hay algo de control de los precios del almud de café, lo que puede ayudar a que se pague un precio justo. También quería comentarle que producir aquí no es barato y que muchos cafés económicos, aún procesados aquí, son mezclados con cafés importados, muchos de baja calidad, altamente subsidiados, cultivados de modo industrial y quizás hasta procesados en condiciones paupérrimas y violentas para la gente que trabaja esos cafetales.
¿Por qué pensamos que el café debe ser barato? ¿Tenemos reacciones similares cuando gastamos eso o más en alcohol u otros productos? Cada quién gasta en lo que puede y en lo que quiere, sí. Más vivir aquí bajo estas condiciones precarias no es barato. Esa cantidad no es sostenible para un montón de gente. Yo también me compro y bebo café mezclado; tengo unos que me gustan (no, no son los producido por Coca-Cola). Pero, haciendo un cálculo turuleco como el economista que no soy, en una greca pa’ uno, bastan 18-20 gramos de café, o sea 0.6-1 onzas. Esa bolsa que compré da, en teoría, para 27 cafés, a $1.59 cada uno—obviando costos de agua, gas y luz. No sé, no parece tan malo.
No siempre se puede o se quiere comprar un café de aquí, pero si se puede hacer, ¿por qué no? No te bebes solo el café, sino todo lo que conllevó llevarlo a tu taza. A mí, en lo particular, me da más placer beberme un café de aquí. Y más si es cultivado y cosechado por gente que conozco, por gente que vive en un pueblo cerca de mí. A veces uno merece comprarse un café de $17.
La cajera me dio los dos paquetes de cafés y nos sonreímos al decirnos “buenas tardes”. Iba pensando en el avión sobre el costo de la comida, lo que está detrás de cada producto y d ellos precios. ¿Estuvo bien pagar $17 por un café? Ya allá afuera, le di los cafés a mis amistades, sus rostros de sorpresa y de felicidad, me contestaron de que sí.
¿Y tú, tienes historias de supermercados? Lee la primera historia aquí, la segunda acá y la tercera aquí.
Esta publicación es parte de La Fiambrera, un proyecto que enlaza mis amores por la investigación en sistemas agroalimentarios, la comida y cocina, al igual que la narrativa. Recibe una fiambrerita todos los domingos. ¿No recibes una fiambrerita semanal? Suscríbete aquí. Puedes acceder el archivo de las pasadas fiambreras aquí y acá puedes ver todas las pasadas columnas.

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