Sobre la innaturalidad de los desastres

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Imagen de un paisaje costero con fuertes vientos y torrencial lluvia, con árboles inclinados. Incluye el encabezado 'THE SEEDLING' y un perfil de Luis Alexis Rodríguez Cruz, escritor e investigador de sistemas alimentarios.

Mientras escribo este newsletter, la tormenta tropical Bertha se dirige hacia Texas luego de tocar tierra en Luisiana. Te escribo desde la casa de mi familia en Juana Díaz, Puerto Rico, donde sabemos bastante sobre huracanes. La palabra es nativa de nuestras islas: «Jurakán», los vientos y la furia de la diosa Guabancex.

El primer recuerdo que tengo de vivir las lluvias fuertes de un huracán, sus vientos turbulentos y el miedo cuando piensas que puedes perder tu hogar, fue en 1998, cuando el Huracán Georges, de categoría 3, cruzó Puerto Rico. Desde entonces, la frase «desastre natural» se ha vuelto parte de mi vocabulario. Esa frase moldeó la manera en que entendía a los huracanes: algo natural que causa destrucción, algo fuera de nuestro control o hasta de concepción divina. Los vientos de Georges no se llevaron el techo de la casa donde crecí, pero casi veinte años después, los del huracán María sí lo hicieron.

Sentí una especie de encogimiento, como de minimización, al entrar a la casa de Güela semanas después de que María tocara tierra. Estaba devastada. Recuerdo sentir una extraña tristeza viscosa que se me extendía por el cuerpo, mientras caminaba entre la madera apestosa y los escombros.

«Por lo menos estamos vivos, gracias a Dios», dijo mi abuela. También mencionó algo así como que el huracán era obra divina, incluyendo la destrucción ocasionado allí y en todo Puerto Rico.

Las lluvias y los vientos de los Jurakánes han estado presentes en el Caribe desde antes de la colonización española y la conquista violenta. Hoy, los huracanes son más fuertes por el cambio climático. Y sus daños se agravan debido a las vulnerabilidades estructurales de un lugar, de un pueblo. Las 2,975 muertes por el Huracán María en el 2017, según lo reportado oficialmente, no fueron causadas directamente por el ciclón, sino por la falta de acceso a servicios de salud, por la pobreza y las disparidades en salud pública, entre otras causas estructurales de raíz. Los desastres no son naturales.

El Huracán María visibilizó esas vulnerabilidades, esas características que nos hacen vulnerables ante el impacto de los peligros naturales. No todo el mundo tiene acceso a los recursos ni la capacidad para prepararse, resistir, sobrellevar y recuperarse de esos impactos. Aun así, es común nombrar estas situaciones hoy día como «desastres naturales». Es fácil imaginar, describir y entender la magnitud del daño y el sufrimiento cuando los nombramos como «desastres naturales». Lo hemos hecho por siglos. Pero a veces pienso que no deberíamos usar esa frase.

Dado a la importancia que tiene el lenguaje en cómo entendemos las cosas y al sentido que les damos, ¿qué podemos hacer para no apoyar las narrativas que ignoran esas causas estructurales? ¿Cómo ves tú el papel del lenguaje en cómo entendemos lo que pasa después del impacto de un huracán? Deja un comentario abajo.

Esta es la traducción modificada de mi entrada en el boletín The Seedling (La plántula) de The Uproot Project, que reúne a periodistas climáticos y ambientales. También fue el ensayo de la edición 157 de La Fiambrera.


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