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Esta publicación fue parte de la fiambrerita del 12 de abril de 2026.

Chanchi Max es un supermercado puertorriqueño, abarrotado de luces brillantes que iluminan una variedad de productos que dan un sentido de abundancia. ¿Cuál aceite de oliva escoger? ¿Cuál de todas estas habichuelas enlatadas es la mejor? En un país en crisis como Puerto Rico, puede que la persona que va góndola por góndola, empujando un carrito de compras, al ritmo del bip bip de las cajas registradoras y la música de alguna emisora tropical, decida escoger la más barata. Hay que estirar el chicle, decimos. El que haya mucho inventario (mayormente importado), no quiere decidir que todo el mundo pueda comprarlo.
Ese supermercado es el epicentro de la obra, Out of Stock, Sin inventario, escrita por Isabel Ramos y dirigida por ella junto a Christian Nieves. Esta pieza experimental de Ágora Teatro se presentó el pasado marzo en el Centro de Bellas Artes de Santurce. “A través del humor, la ironía y la teatralidad física, [Sin inventario] invita a reflexionar sobre cómo la falta de ‘inventario’ —de productos, de certezas, de esperanza— se ha convertido en una condición permanente del país”, dijo la codirectora y dramaturga en el Adoquín Times.
¿Qué pasa cuando se va la luz en ese supermercado y de repente las cajas registradoras robóticas dicen que tu cuenta es cero dólares? ¿Cómo reaccionan los dueños avariciosos que importan carnes desde un lejano país a un supermercado que es inaccesible para que productores locales vendan sus cosas? ¿Qué rol jugaron en ese suceso quienes trabajan en Chanchi Max y que ven sus trabajos amenazados por máquinas? Tres historias que se entrelazan contestan esas y otras preguntas que poco a poco nos van dejando saber que esa abundancia es una mera frágil ilusión. Tener góndolas llenas no implica que todas las personas tengan acceso a alimentos o, en general, al bienestar que merecen.
Fuimos el 19 de marzo a ver la obra; el primer día en que se presentó en la Sala experimental, Carlos Marichal. Llegamos un poco antes de la segunda llamada. Había música algo electrónica y pop que ambientaba el espacio oscuro, en cuyas paredes había cajones blancos, de esos donde transportan la leche fresca. Nos entregaron unos cartelitos con números antes de comenzar. “Eso es que te van a llamar para que hagas la fila del supermercado”, me dijo Alexander, un chin antes de que se apagaron las luces.
Una columna transparente fue llevada al centro de la sala, después de que se anunciara de manera absurda y jocosa la tercera llamada. Esa columna aparecerá luego en otras escenas, en las distintas historias, representando así (o casi) una bolsa de supermercado donde se cargan desesperanza, ansiedad, deseo y abundancia trililí. El elenco fue poco a poco llegando hasta la columna-bolsa apretada para llenarla. Allí estaban “Modesto Lacén, Laura Isabel Cabrera, Héctor Enrique Rodríguez, Viviana Calderón, Bryan Lebrón, Cristina Sesto, Dianne D’Oleo y Giancarlo Silvagnoli”. Nos dejaron saber que eran productos sin espacio; que eran personas presionadas por distintas vulnerabilidades y presiones sociales y políticas. ¿Cómo se sentiría deshacerse de ellas? ¿Qué hay que hacer para que no seamos meros productos que se empacan, se usan y luego se descartan?

El elenco hizo un maravilloso y coordinado trabajo para representar distintos personajes en distintos tiempos y espacios. Aunque a veces, el cambia-cambia distraía e interrumpía el hilo conductor de la historia. Sin embargo, la inclusión de escenas proyectadas que nos dejaban saber un poco más de las complejidades de los personajes y los visuales sobre la naturaleza industrializada de nuestro sistema alimentario lograba enriquecer la experiencia. Hacía que las historias cobraran una tridimensionalidad extraña que las unificaba aún más.
Una de ellas centraba a la abuela, cabeza de una familia moderna, donde aún se preserva comer en la mesa. Aunque haya diferentes gustos y creencias, el plato de la abuela ordena casi a la comunión. “¡Celebramos que hay carne!”, exclamaba la matriarca al llevar a la mesa carne guisada, bistec, longaniza, pepper steak, costillitas, carne mechada y pollo a la jardinera. ¿Qué representa la presencia de la carne en la mesa? ¿Cómo en su consumo en exceso se ven reflejadas aquellas presiones que envuelven a los personajes de esta obra? ¿Estamos conscientes de lo que estamos comiendo?
Otra historia se daba dentro de un congelador del supermercado. Mas allá de ser un comercio, Chanchi Max parece ser un pequeño Puerto Rico. Allí se presentaba a una diversidad de personajes tramando una defensa de su derecho al trabajo digno. Verles desenvolverse, en bregar con las tensiones que surgen cuando se cede y se negocia, fue un momento de reflexión en cuanto a colocar nuestros cuerpos en los espacios donde se necesiten. O sea, ¿se va a la marcha, se apoya desde la lejanía, se cabildea en alguna oficina o se ignora porque se confía en que otra persona pondrá su cuerpo en la calle?
La otra trama seguía a la pareja dueña de Chanchi Max, comenzando en su travesía en un jet privado de vuelta a Puerto Rico con la carne que venderían en su supermercado. Había preocupación y orgullo cuando comentaban el cargamento de carne que traían de vuelta. La esposa en un momento decidió operarse la nariz. Un cirujano con guantes rotos le dio la que ella deseaba, la de un cerdo. ¿Para oler y saborear mejor la carne, la abundancia?
Aunque habitemos un supermercado Sin inventario no quiere decir que no haya opciones para lograr una abundancia que nos invite a la mesa. No quiere decir que terminemos en una subasta del último puertorriqueño—para eso eran los números que nos dieron al principio—que representaba la resiliencia de un pueblo sumergido en crisis que terminó colapsando. Yo levanté mi número y ofrecí $500,000 por el racimo de plátanos verdes. Pero alguien que ofreció un trillón se lo ganó.
Al final de la obra, en una escena que fue al futuro no tan futuro, dos personajes reciben algo que no se vende en Chanchi Max, aquello que nos ayudaría a mantener un inventario de bienestar y cariño. Basta con ir al pasado 19 de marzo para conocer la respuesta.

Esta publicación es parte de La Fiambrera, un proyecto que enlaza mis amores por la investigación en sistemas agroalimentarios, la comida y cocina, al igual que la narrativa. Recibe una fiambrerita todos los domingos. ¿No recibes una fiambrerita semanal? Suscríbete aquí. Puedes acceder el archivo de las pasadas fiambreras aquí y acá puedes ver todas las pasadas columnas.

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