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Esta columna fue parte de la fiambrerita del 3 de septiembre de 2023.

Me hubiera gustado ver mi cara ante los gestos, viradas de ojos y ruidos de tristeza que hicieron mis estudiantes, cuando les dije que semanalmente tenían que escribir una reflexión de 500 palabras—yo también hubiese reaccionado igual. Es más, no dudo que cuando estudiante fui peor. Entonces reduje la cantidad a 300-450 palabras. Menos es más. Yo sé que no a to’ el mundo le gusta escribir, más no todas las personas tuvimos una formación en gramática y demás. Recuerdo aquella vez que se burlaron de mí en el trabajo porque escribí “felisidadez” en el bizcocho. Yo tenía como 18 años. Siempre habrá errores (y hasta horrores).
En la primera sesión del clase, hablamos de agricultura y ecología, de definiciones y etimologías, conceptos y discursos. Algo que recalcamos fue la importancia (particularmente, dentro de la agroecología) de entendernos en nuestro entorno y de comprender y reconocer nuestra relación con la tierra y el mar. Recalqué que la intención de este ejercicio es que saquen un ratito para hacer introspección sobre lo que hablemos en cada sesión y para que tuviesen un espacio para pensar y pensarse.
Al cabo de darles las instrucciones y ver algunas caras deformes, les dije que la primera reflexión debería estar centrada en las características agrícolas, ambientales o pesqueras que les rodean o han rodeado. “Quiero que reflexiones sobre tu entorno agroalimentario: dónde te criaste, tus experiencias con la agricultura, lo que piensas de cómo te relacionas con la agricultura o la pesca, por qué decidiste estudiar agricultura sustentable o trabajar en la agricultura”. Les dije que podían utilizar las herramientas de estadísticas agrícolas del Centro Climático del Caribe y del Instituto de Estadísticas de Puerto Rico para conocer más sobre la producción de sus pueblos o los índices de sus productos favoritos.
Me alegra no haber quitado o cambiado el ejercicio, pues esa primera ronda de reflexiones me hizo ver que tenemos mucho en común. Particularmente, cuando escribían sobre cómo ver a sus abuelas o abuelos cocinar, trabajar en la jalda, en el huerto o en el jardín, en el lago o en la mar, les generó una conexión con esos recursos de los cuales somos parte—ya estamos como que un poquito tarde para entendernos separados de la naturaleza. Y en mi caso, fueron esos momentos con mi abuela, quien me alcahueteaba con guanimos de maíz abrazados con jamón frito, tomate y cebolla, bien bañaditos en aceite de oliva, después de la escuela; la que me hacia buscar la hoja de bruja y el naranjo en el patio, la que nos decía nombres de plantas y plagas, de menjunjes y otras recetas. La que sabía la proporción perfecta de café con leche y galletas export sodas molías adentro.
Es de esa y otras conexiones y experiencias con personas cercanas, familiares o no, en donde podemos encontrar un camino que nos aleje de esa separación con la naturaleza. Una separación que ha creado relaciones jerárquicas con otras especies y que incide en cómo manejamos los recursos naturales ¿Qué mejor que la comida, la agricultura y la pesca para unificarnos con otras especies? Claro, siempre hay una extracción; la agricultura es una intervención humana, pero hay maneras y hay maneras. Quisiera ver mi cara al leer esas reflexiones. Recuerdo sonreír al leerlas. Me vi reflejado en muchas de esas líneas.
Siempre que se pueda, cada persona debe sacar ratitos para acercarse a sí, para entenderse en su entorno, en ese que comparte con tanta gente. No todas las personas que han trabajado la tierra lo han hecho por elección o conexión. A veces no hay otra opción. Y no todas las personas pueden sacar un espacio para la introspección. Entendernos en nuestro entorno requiere reconocer eso también. Así como mis estudiantes identificaron que algo les acerca a cosechas y pescados, que mucha de esa conexión vino de sus abuelas y abuelos, deben haber otras personas que puedan identificar una conexión similar.
No recuerdo haber escuchado a Güela hablar de la separación entre humanos y otras especies (o de la naturaleza, general), pero sí tengo presente el respeto que se le tenía a las plantas, a los animales. Si hoy día doy gracias antes de comer, es gracias a ella. Me atrevo a decir que la gran mayoría de las personas en Puerto Rico tenemos una conexión directa o indirecta con la agricultura y la pesca. Nuestras abuelas y abuelos se criaron en un tiempo donde la economía era agraria. A veces nos sentimos lejos de eso, pero basta con prestar atención cuando comemos, para darnos cuenta que esa conexión sí existe en cada quién. Fortifiquémosla. Es un primer paso para lograr la transformación de nuestro entorno agroalimentario.
Esta columna es parte de La Fiambrera, un proyecto que enlaza mis amores por la investigación en sistemas agroalimentarios, la comida y cocina, al igual que la narrativa. Recibe una fiambrerita todos los domingos. Suscríbete aquí.

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