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Esta publicación fue parte de la fiambrerita del 5 de octubre de 2025.

La brisa fresca de la montaña atenuaba el sol que alumbraba el verde lindo de esa finca jayuyana. Allí, donde se siembra plátano, café, entre otros frutos y vegetales, también se cultiva y se cosecha comunidad, arte y bienestar, a través de Tabonuco. Es un espacio para acampar establecido en parte de esa finca, en donde desde chiquitines y grandes pueden ir a explorar la conexión entre las artes visuales, la creatividad y la agroecología, a través de la ecología vivencial. Llegué un lunes de junio, casi al mediodía, para participar de un taller de teñido botánico que organizaron para un grupo de jóvenes, muchos de origen puertorriqueño, que estaban de visita desde Filadelfia. Venían con la organización Norris Square Neighborhood Project. Me recibió Rosaura Rodríguez, coordinadora y diseñadora de programas educativos de Tabonuco. Como la guagua ya estaba llena de maletas y de la algarabía alegre de quienes pasarían allí unos días, Rosaura y yo nos fuimos caminando hasta las instalaciones.
De camino iba hablando con la también artista y educadora sobre los orígenes de Tabonuco y de cómo le ha permitido a ella y otras integrantes continuar desarrollando sus artes. “Mira, prueba esto”, dijo de momento, al pararse para coger una frutita liliácea oscura que adornaba parte del camino. “Esto es camasey peludo”, dijo. La frutilla que se sentía como un algodoncito puntiagudo tenía un sabor agrio y dulce. Fue con otro fruto, las semillas de la espinaca malabar, que le compartieron a ella unas vecinitas de Jayuya hace diez años lo que despertó su interés por crear acuarelas con las plantas, frutos y el suelo que compone ese lugar. “Estuve toda la tarde pintando con ellas con esas frutillas, pintándonos el cuerpo y pintando el papel y yo creo que ese fue mi primer como que despertar [sobre el uso] de pigmentos naturales en la adultez”, dijo. Esa experiencia refleja la intención de Tabonuco, de servir como espacio para conectar y reconectar en comunidad.

Tabonuco fue cofundado por nueve amistades de distintos trasfondos que decidieron establecer un espacio que les permitiera continuar desarrollando sus destrezas. Cuenta con diversos programas, como Arte y comunidad, Entre vecinas: Arte salud y ambiente, Formación de Jóvenes Humanistas de la montaña y el Programa de visitas escolares, universitarias y comunitarias. “Es un laboratorio, un estudio, un espacio de práctica para quienes estamos aquí construyéndolo y para las personas que nos vienen a visitar y pasar tiempo aquí para practicar convivencia, conectar con la naturaleza, para estar presente”, me comentó Rosaura, mientras llegábamos al salón comedor, El Aguacate, pintado de verde. “Nos interesa profundizar para la sustentabilidad, para la soberanía alimentaria, para la liberación energética, para la expresión creativa, pues estamos en un espacio abierto, seguro y libre donde podemos poner eso en práctica”, dijo antes de reunir al grupo para lograr acuerdos de convivencia y hacer un tour por el lugar. Cabe destacar que muchos de esos programas son gratis para la comunidad y los precios varían de acuerdo al grupo que vaya a asistir.
Ya dentro de esa estructura que me recordaba mi salón de kínder en Juana Díaz (y que me hizo sonreír), había mesas largas adornadas con plantas de la finca. La luz del mediodía alumbraba fotos de actividades, mapas de flora y fauna de nuestras islas, libros y materiales de arte. El bullicio de conversaciones y risas ocupaba el espacio. Me añadí a él al ver a Dariana Mattei Ramos, amiga, agricultora y colega con quien trabajé en el Centro Climático del Caribe. Ella también es coordinadora de programas y talleres educativos y agroecológicos en Tabonuco. Después de saludarnos, ella nos entregó a Rosaura y a mí unos papelitos para la dinámica de conocernos. Escribí quién soy, mi pasión y cuál animal sería; doblé el papelito y lo eché en un bolso.

Dariana nos invitó a la mesa y cada quien tenía que sacar uno y presentarse como si fuese esa persona. Fue divertido. Ella ya lleva casi tres años liderando diversos talleres en Tabonuco que permiten balancear experiencias agrícolas y de arte, de conexión con el cuerpo y con el entorno mismo. “Yo me acuerdo cuando Rosaura me dijo, así como que para dar el primer taller y yo ‘Rosaura, pero cógelo con calma’”, decía entre risas. Dariana no solo ha facilitado para jóvenes y para la niñez, sino también para vecinas de la comunidad. Ella hace poco comenzó el proyecto Yoguita PR, en donde facilitan espacios y dinámicas de baile, movimiento y yoga con enfoque comunitario y feminista.
Me comentó con mucho entusiasmo cuando hacen talleres de confección de pasteles y otros platos tradicionales con productos de la finca. Las vecinas se han convertido en talleristas también. Además, en esos espacios conversan de nutrición y de bienestar, más aprenden otras recetas saludables. “Creo que es muy importante [tener alimentos presentes en nuestras actividades], dejar saber que hay alimentos frescos y nutritivos disponibles que quizás no lo hay en esta área porque esto aquí es casi un [desierto alimentario]. El supermercado queda bien lejos”, enfatizó. Además, Tabonuco le ha permitido a ella desarrollar diversas destrezas. “Yo creo que lo más transformador ha sido lo de [la integración del movimiento en los talleres}, aquí yo pude hacer una formación de yoga para niñeces y de ahí dijimos, ‘bueno, pues tenemos el espacio para fomentar estas cosas’”, dijo Dariana, mientras ayudaba a colocar los utensilios para el almuerzo.
La campana llamó a todas las personas a regresar al pabellón. Allí chef Pío nos contó con mucho entusiasmo de las comidas que servirían, todas vegetarianas, confeccionadas con productos de la finca y de la comunidad. Ese día hubo pastelón de pana y setas con ensalada. Algunas caras no se veían tan entusiasmadas como la de Pío. Y es que a veces pasa que no hemos sido expuestas a algunas comidas o nuestro paladar está acostumbrado a ciertos sabores. Pero esos gestos no molestaron al equipo, puesto que allí la mesa es un lugar de transformación y de apertura a nuevos sabores. Una joven que estaba reacia a probar dejó el plato limpiecito, limpiecito. Luego, nos fuimos a caminar por la finca en lo que se hacía el cafecito. Era la energía necesaria para entonces comenzar el taller de teñido botánico.

Esa es una de varias actividades que conjugan la agricultura y el arte. Se cosechan alimentos, pero también pigmentos para pintar. Y así como el mangó tiene su temporada, también algunas de las flores y frutos que usa Rosaura para crear colores. No solo participantes del extranjero gozan de estos talleres, sino que residentes del barrio Mameyes de Jayuya y de otros lugares de Puerto Rico, gozan de este “oasis cultural”. “Somos uno de muchos micro proyectos en el campo donde se proveen espacios de acceso a cultura, a experiencias, a comida y a comunidad. Tabonuco es lo más intencional posible dentro de sus capacidades en crear puentes y no crear distancia. Si una pretende venir a educar y a dar talleres y hacer dinámicas y a crear comunidad, pues hay que ser parte de la comunidad y para ser parte de la comunidad también hay que básicamente existir en el espacio”, me contaba Rosaura, mientras acomodábamos las mesas para el taller.

El bullicio alegre volvió a retomar el espacio. Muchas manos ayudaron a acomodar las mesas y los materiales: cúrcuma, clavelillo y otras plantas y semillas. El taller comenzó con Rosaura hablando de los materiales, invitando a las personas a usar sus sentidos. Conversamos sobre agroecología, biodiversidad y otros temas relacionados. Los talleres se desarrollan utilizando la educación diferenciada como eje. “Para mí la educación diferenciada es la educación inclusiva para todo el mundo, lo que beneficia a personas con retos de procesamiento sensorial o con autismo, beneficia a todo el mundo”, me decía Rosaura, quien tiene un trasfondo en educación especial. “O sea, así como una rampa como medida de accesibilidad, de movilidad, pues beneficia a todo el mundo”. Pintamos nuestras telas con los diversos tintes que generamos en grupo. Al mío le puse pétalos, polvos y tinturas. “¿Los sacamos uno por uno para presentarlo?”, dijo una de las jóvenes.
Rosaura les dijo que esperaran unos minutos, pues estaban algo calientes. Tienen que cocinarse al vapor para que se liberen los colores y sean absorbidos por las telas. Hace tiempo no veía tantos ojos maravillados juntos. Yo también me llevé mi aplauso cuando enseñé mi pedazo de tela que hoy adorna el librero en casa. Durante la reflexión final, en aquel pabellón donde ondeaba una bandera de Puerto Rico, hablamos sobre la posibilidad de generar un futuro positivo y colorido como las telas que pintamos. “Yo imagino un futuro descolonizado, donde la gente se sienta capaz de organizarse, de autoorganizarse a sí misma, a su comunidad, donde la gente se sienta capaz y hábil para resolver el problema que encuentre en su hogar o en su familia, en su comunidad. Un futuro en donde la gente pueda tener acceso a las herramientas y los recursos para lograr lo que desean o necesitan”, comentó Rosaura.
Basta una tarde en Tabonuco, sintiéndose uno cuidado y en comunidad, para saber que ese futuro colorido es posible.

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Esta publicación es parte de La Fiambrera, un proyecto que enlaza mis amores por la investigación en sistemas agroalimentarios, la comida y cocina, al igual que la narrativa. Recibe una fiambrerita todos los domingos. ¿No recibes una fiambrerita semanal? Suscríbete aquí. Puedes acceder el archivo de las pasadas fiambreras aquí y acá puedes ver todas las pasadas columnas.

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