Bajo mi sombrilla mohosa por Boulder y Denver, Colorado

4–7 minutos

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Fue parte del boletín del 17 de julio de 2023.


El sol a 4,300 y pico de pies se siente distinto. No te voy a contar lo que me pasó el primer día que estuve en Colorado por el mal de altura, pero sí lo que vi y me comí en los cinco días siguientes. Estuve quedándome en Broomfield. Queda en medio de Denver y Boulder, 40 minutos del primero y como 20 del segundo. Fui para allá a participar de una conferencia y pues, uno siempre aprovecha pa’ turistear. Si logro volver a Coloroda—crucemos los dedos—haré lo posible por alquilar carro. Aunque las guaguas funcionaron muy bien y hay buen sistema, restringe un poco el movimiento. No pude ver ninguno de los parques naturales–pero eso no me mata, porque lo mío es beber y comer. Claro, me encantaría tirarme pa’l monte, pero a falta de pan, galletas.

Me quedé en el TownePlace Suites by Marriot Broomfield-Boulder. Bastante cómodo para dos personas. Cada cuarto es como un estudio. Hasta dishwasher tiene, imagínate. Si tienes carro, es un buen lugar para quedarte, pues ahí estás en un punto medio para tirarte a Golden, Colorado Springs, los Rockies, Denver y Boulder. De esas últimas dos que fui, Boulder fue mi favorita.

Me recordó mucho a Burlington. Es un pueblito bastante lindo, con las montañas Flatiron a sus espaldas. Su centro abraza la calle Pearl que invita a caminar hacia las montañas. Hay muchas tienditas curiosas para ver y varios sitios para comer. Los museos son accesibles y hay un sendero al lado de un riachuelo que es bonito caminarlo. Incluso, quizás por coincidencia, el Museo de Arte Contemporáneo de Boulder, tenía una exhibición de agri-cultura (que me dio ideas).

Yo probé el café de Ozo y de Boxcar, ambos son dos conceptos distintos, pero los une que hacen un buen café, fuertecito. El segundo también es tienda de vinos. En Boxcar probé una galleta de almendra, anís y ganache de chocolate. Pareó chévere con el café que pedí. En Ozo tuve que pedir un segundo cappucino porque uno no bastó.

Uno de los días almorcé en Leaf, restaurante vegetariano. Soy fan del kale (mi favorito es el que cultivan Marta y Abner en Ponce), la ensalada de Leaf satisfizo. Yo puedo comer ensaladas peoposas todos los días y la que ellos me sirvieron es una que me gustaría hacer en mi casa. También pedí un bibimbap (plato koreano) con tofú y un huevo frito encima. Divino. Me lo tuve que llevar casi todo porque me llené con la ensalada. Me hizo feliz al otro día.

No pude visitar tantas cervecerías como quise. Falta de carro y falta de tiempo. (Si viste el post de Atlanta, entederás porqué es lo primero que busco en Google Maps). Fui con Jocelyn a Sanitas, en las afueras del centro. La hazy estaba deliciosa, amarillita como debe ser. La fila de los tacos estaba larguísima y ni los pude probar. Para la próxima. Lo que sí pude probar fue la pizza de Under the Sun. La masa sacó 100% A y su hazy, pues, una B.

Otros dos sitios que me encantaron en Boulder fue el restaurante nepalí Sherpa’s Adventure y Gelato Boy. El primero tuve que pedir dos órdenes de naan relleno de queso, cebolla y ajo. Lo quiero ahora otra vez. Y lo quiero con el vindaloo de cordero. Y si vuelvo a Gelato Boy, quiero de nuevo un waffle cone con coffee chocolate chips y salted cookies and cream. El helado me lo comí en mi último día en Boulder. Mientras caminadaba hacia la heladería, tuve que pararme antes de cruzar la calle, pues un grupo de gente desnuda andaba en una caravana en bicicletas. Tenían escrito en sus espaldas: nudismo no es igual a sexo. Me quedé con las ganas de comer en Oak, Zoe Ma Ma y en Bramble and Hare. Aunque probé los beignets de Lucile’s, no pude desayunar allí como quería.

Mi día en Denver fue cortito, pero caminé un montón: 4 millas, 8,568 pasos. Cogí la guagua de Broomfield al Union Station. La estructura aún conserva su arquitectura original. Desde esa estación se puede ir a varios lugares de Colorado. El sistema de guaguas en Denver es bastante bueno—tampoco es que el de Puerto Rico sea buena referencia para comparar.

Empecé el día caminando RiNo, el River North Art District. Es básicamente el Santurce de Denver. No pude evitar sentirme que contribuía al desplazamiento y la gentrificación. Más el revolú de murales, los cuales a veces sirven para tapar realidades, me hacía recordar al pueblo Cangrejero. Pero ese tema lo podemos cuestionar en otro momento. Fue chévere caminar esa área (bajo mi sombrilla mohosa, claro está. El sol no estaba pendejeando). Desayuné en Stowaway Kitchen. Quiero volver. Lo malo de caminar un lugar solo es que uno no tiene con quién compartir platos. Yo solo no me puedo comer tres cosas. El café allí estuvo rico. Me bebí otro en Metropolis Café (porque necesitaba un baño). Después caminé por varias calles hasta dar en Our Mutual Friend Brewing y Odell Brewing. Las hazies de ambos lugares: 100% A. Para bajar la nota seguí caminando, viendo murales y tienditas. Hay varios lugares donde artistas locales han formado cooperativas (no apunté el nombre, sorry).

Luego más hacia el downtown fui al Museo de Arte de Denver y al Museo de Arte Contemporáneo. Este último tenía una exhibición de Tomashi Jackson. Excelentísima. Y pues, otra hazy más, ¿por qué no? La de Westbound & Down estsba buenísima. Quería traerme latas para Juana Díaz. Estuve picando aquí y allá (como un helado en Eiskaffe) y no me sentí motivado para cenar apropiadamente. Me quedé con las ganas de ir a Bruto y a City O City, entre otros. Ya será para la próxima. No se puede hacer todo en un día. Además, como dice mami, “el que todo se lo come en un día, todo lo caga”.

Este es uno de los tantos cuchicheos, tertulias, sobremesa y charlas de La Fiambrera: Ensayos y crónicas sobre lo hablado y escuchado, mientras se come o se explora. Se publican usualmente a final de mes. Suscríbete para que recibas una fiambrerita semanal.

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