Apuntes desde la Antigua Guatemala

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Apuntes desde la Antigua Guatemala

1.

Nos preguntó que cuál es “la música tradicional de Puerto Rico”, después de alzar los cristales del carro y prender el aire acondicionado. Quizás hasta el conductor que nos llevaba de Ciudad de Guatemala a la Antigua ya sentía los rayos picosos del sol y le costaba respirar por el humental de carros que formaban un tapón a la puertorriqueña. “¿Merengue?”, dijo. “Bomba, plena, salsa”, contestó mi amiga Ciari. “Y reggeatón”, añadí risueño. El conductor sacó una carcajada y subió el volumen del radio. Sonidos melodiosos que combinaban el xilófono y otros instrumentos que pudieran hacer acordes con el quetzal guatemalteco que nunca vi llenaron la atmosfera del auto. “Esta es la nuestra, la marimba”.

Aterrizamos en el aeropuerto La Aurora a eso de las once de la mañana. Perdimos la primera conexión porque el avión salió tarde de San Juan. Detesto viajar, pero aún más si hay que estar en el SJU a las cuatro de la madrugada. “El tráfico se ha puesto pesado en los últimos años”, nos decía, mientras se salía de la ruta principal para tomar algunos atajos. Lo que hace unos cinco o seis años tomaba menos de una hora, hoy en promedio se puede tomar casi dos horas para llegar a Antigua, la cual está entre los destinos guatemaltecos más populares (sino el que más).

Ciari ya estaba en otro mundo y mi cabeza iba de atrás pa’ lante. De repente, ella y yo abrimos bien los ojos cuando el carro empezó a vibrar en la carretera pedregosa. Llegamos a lo que fue la primera capital de lo que era el Reino de Guatemala que incluía a El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Chiapas, México. Fue abandonada por los seguidos terremotos, aunque después (y como es obvio) fue repoblada. Era un laberinto de casas coloniales coloridas que no eran más altas que las iglesias, muchas de ellas en ruinas que miraban los volcanes de Fuego, Agua y el Acatenango. Me quedé mirando a uno de ellos que no supe identificar cuando el taxista nos dejó frente a Casa Mía Hotel. “¿Y si explota”, le pregunté a Ciari. Luego en el viaje ella me corrigió. “Los volcanes erupcionan; no explotan, ni estallan”.

2.

            Caminamos la mañana tranquila por diversas calles de esa ciudad que poco a poco se iba llenando de motoras y voces. Basta un fin de semana para recorrerla, para ver las imponentes estructuras religiosas, aunque no para probar sus todas sus fondas y restaurantes. Alegría Café, Gran Café, Café Sol y Café de Artista me sirvieron buenos cortados con café guatemalteco. Siempre que viajo rompo mi regla de no beber café después de las cuatro de la tarde. Lo necesito, si es que quiero durar hasta las tantas. Me es imposible “descansar” en un viaje. O sea, si solo voy a estar dos días en un lugar, no quiero perder horas mirando el techo en el cuarto. Y que bueno que salimos temprano, pues pudimos ir al techo de la basílica para tener una vista bonita hacia el Volcán de Agua que ese día decidió no vestirse de neblina.

            El mejor almuerzo lo tuvimos en El Comalito. En Guatemala también se valora al maíz. Allí nos sirvieron tortillas blancas, verdes, amarillas y violetas. Los plátanos maduros en mole dulce son imperdibles. Y si hubiese podido comprar un pote de su salsa de tomate, lo habría hecho. Adobe, Rinconcito Antigueño, Chermol y otros tantos son buenas opciones. Me gustó mucho que entrábamos a varias tienditas y lugares para comer que de repente tenían otro mundo adentro. Bianca estaba maravillada con los patios interiores y con la arquitectura que entrelazaba varios materiales con la naturaleza de la zona. Por allí encontramos, incluso, una tienda de muñecas quitapenas.

Eran seis muñequitos hechos de palitos de fósforo y telas dentro de una bolsita colorida: La Muñecas Quitapenas de Guatemala. Tienen origen maya y su nombre canta el propósito: están hechas para quitarte las penas o las preocupaciones. Compré unas cuantas en el mercado de artesanías para traer de souvenirs. Existen diversas instrucciones y me gusta la historia de que fueron creadas por la Diosa Ixmucané. Antes de dormir, sacas las muñequitas de la bolsa y le dices qué quieres soltar y porqué. Hoy, en terapia, a eso le llamaría metacognición. Hablar en tercera persona en voz alta sobre lo que te preocupo, puede ayudar a procesar emociones difíciles. ¿Cuántos otros tratamientos modernos están basados en prácticas ancestrales?

3.

Ese día lo terminamos en la Cervecera 14 que mira al Volcán de Fuego, hoy activo. No pensé que antes de que acabara el año retrataría humo volcánico, tampoco que iría a Guatemala o que tendría un viaje a fin de año. Jenny nos entusiasmó a coincidir con ella allí. Y es que, en otro momento, hubiese dicho “que no” por razones laborales, por priorizar el trabajo para otros. Si algo quiero dejar en el 2025 es trabajar para las ideas y proyectos de otras personas. No que eso esté mal; tampoco quiere decir que no colaboraré, pues nada se hace en soledad, pero que mucho he pospuesto ideas o proyectos propios por dedicarle mayor tiempo y energía a los de otras personas. Pensaba en eso mientras esperaba los besos de humo que salían del Volcán de Fuego.

            Al caer la noche, vamos lucecitas que se movían por la montana a lo lejos. Hay muchas excursiones hacia el cráter. Allí, con cerveza en mano, en el silencio, criticamos semejante hazaña. Hay distintos tipos de turismo, claro. Aunque pues, en mi caso, si me puyan lo suficiente, accedo, algo así les decía a las muchachas. En el Perú hice cosas que me sorprendieron. La música repentina en inglés nos sacó de onda. Y es que ese sitio parecía una estampa gringa. ¿Cuánta gente de Guatemala puede ir a disfrutar ese sitio? ¿o los sitios de la Antigua? Ahí, cuando llegan esos pensamientos, es cuando la cerveza deja de saber buena. ¿Cómo no ser un turista que abona a los malestares de un pueblo? Quizás quedándose en su casa.


Google Maps de Antigua, Guatemala. Tiene sitios que visité y otros a los que querí ir, pero que no pude. Accédelo aquí.



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