Este es la columna semanal de La Fiambrera. Suscríbete aquí.
Esta fue la primera columna de la primera fiambrera, publicada el 23 de abirl de 2023.
Adelante vas a encontrar spoilers de Hunger (2023) de Netflix.
Cezanne Cardona comenzó una columna diciendo que “[también] la nostalgia es tirana”. Puede serlo, pero más que todo, puede ser lo contrario: un benevolente y amoroso consejo de cómo lograr, ¿la felicidad? Un estado que balancea la conexión, la satisfacción y el sentido de propósito para generar bienestar, teniendo en cuenta la salvaguarda de necesidades básicas. Eso parece ser lo que en realidad estaba buscando Aoy en Hunger (2022), en vez de buscar ser “especial”. Ese otro estado ilusorio (inalcanzable, digamos) que entendemos necesario para resaltar y cumplir con ese pensamiento de que somos personas únicas.
La película tailandesa que vi en Netflix esta semana es parte de una reciente línea de historias sobre chefs, como escribe Alicia Kennedy acerca de The Menu, que ya no les presentan como “estrellas de rock”, sino como personas rotas—rotas en el sentido de ser seres que causan dolor a otras personas y a sí mismas. A eso añado que ya son películas que en algo se alejan de la comedia romática, como No Reservations (2007). En Hunger, cuyo nombre hace alusión a un servicio o catering de fine dining, chef Paul es el roto.
Hunger, más allá de ser otra película de un chef iracundo, muestra las consecuencias humanas de una sociedad, cuyas normas nos obligan a separarnos de lo que somos y amamos, o que nos conducen a una frialdad y avaricia que obvia el bienestar de otras personas, solo para alcanzar a ser “especial” o exitoso. Para mí, Aoy logra hallar en la nostalgia la solución para contrarrestar la necesidad (y presión social) de ser especial, la cual es fortificada por el chef Paul, quien, dado a sus circunstancias de pobreza económica en su infancia y experiencias degradantes con personas ricas, decide hacerse un chef (especial) de renombre para personas ricas (valga la ironía).
La experiencia de Aoy no me es ajena. Las carencias, a veces, junto al “que dirán”, lo “que debo ser” y “lo que pudiera ser”, nos inducen a querer ser especial. Tampoco es una experiencia ajena para la psicología humana. El éxito puede provocar sensaciones parecidas a la adicción: siempre se quiere lograr más porque se quiere superar la sensación anterior. Más dinero, más fama, ser una persona más notada… Es humano, supongo. Y aunque también es humano darse cuenta sobre eso, hacer lo posible para que no nos controle, como le pasa al chef Paul; o lograr modificaciones que propendan a una mejor “relación” con esa querencia, decidimos no hacerlo.
Se nos inculca que somos lo que hacemos. Nuestra valía equipara lo que tenemos: material y no material, auto lujoso y grado académico superior, por ejemplo. Pero, usualmente sucede que no nos satisface, que nos causa desconexión y que desvanece o hace difícil encontrar al sentido de propósito. Volvemos, no está mal querer ser notado, tener mayor éxito en el área que nos interesa. Para no andar como el chef Paul, lo que conviene es que esa búsqueda no vaya por encima de nuestro bienestar ni el de los demás.
Podemos empezar resignificando “éxito” a modo que se alinee con nuestros valores y “complemente lo que nos hace feliz”. Ah, recordemos que “éxito” viene de terminar, acabar. Y que muchas veces equiparamos “tener éxito” con criterios que están fuera de nuestro control: el que otras personas les guste tu trabajo, el metabolismo de nuestras células, fluctuaciones en el mercado, etc. ¿Qué nos hace feliz? ¿Qué, más allá de querer tener “éxito” y ser “especial”, nos brinda sentir conexión auténtica, sentido de propósito y satisfacción? Quizás la respuesta esté en la nostalgia.
Aoy poco a poco va dándose cuenta, mientras se hace más exitosa o especial, cómo se aleja de su felicidad. Hay una escena en el principio donde Aoy, su hermano y otras amistades conversan cómo no son felices en sus actuales trabajos, se comparan entre sí y conversan sobre lo que les gustaría hacer. Una de los personajes le comenta a Aoy lo suertuda que es de tener un trabajo en lo que le gusta. Sin embargo, Aoy siente que debe ir por más (y parece ser catalizado por la invitación que les hace alguien de Hunger, diciéndole que ella es mucho para estar en esa cafetería familiar). Poco a poco Aoy va escalando y se enfoca en complacer al chef Paul, quien termina en un hospital. Aoy le lleva “fideos llorones”, su plato de la infancia, su comfort food, solo para recibir una diatriba de la pobreza. Ella llega al punto de competir contra él, de ganarle. Sin embargo, no halla felicidad. Es la nostalgia la que le hace ver a Aoy que ya tenía lo necesario. Entonces, ¿la nostalgia es una vuelta al origen?
Quizás puede serlo en algunos casos. En otros, como cuenta Rubén Nazario Velazco sobre la reforma agraria de Luis Muñoz Marín en El paisaje y el poder (Ediciones Callejón, 2014), “también la nostalgia es tirana”. Lo que hubo muchas veces cimenta una identidad o creencias que repercuten en decisiones desatinadas. Lo pasado, aunque cotidiano o familiar, no necesariamente deber ser lo que se lleva hacia el futuro. Pero en el caso de Aoy, es lo que la llevó a dejar de querer ser especial. Como bien dijo su papá cuando le llevaron un café de barista y ella le hizo una chuleta gourmet, “¿[es] especial porque es caro o es caro porque es especial”? Luego de un laberinto de malestares, Aoy comprendió que dejar de querer ser especial fue su éxito. A veces, abrazar las verdades y memorias que nos hace recordar la nostalgia, repercute en felicidad. Y la comida, es un excelente medio para acercarnos, escuchar y entender a esa nostalgia.
Imagen superior: IMDB, 2023
Esta columna es parte de La Fiambrera, un proyecto que enlaza mis amores por la investigación en sistemas agroalimentarios, la comida y cocina, al igual que la narrativa. Recibe una fiambrerita todos los domingo. Suscríbete aquí.

Deja un comentario